Thursday, February 10, 2011

Los medios son tan frágiles como las hiedras venenosas


Mirando las caras y maniobras de personas que desconozco,
que invado.
Soy invisible para todos ellos.
Soy un espía, un vigilante silencioso.
Solo que no tengo plan,
no tengo motivo para indagar en sus vidas,
tan solo tropiezo con mi ventana
y allí están ellos,
vulnerables, inocentes,
ingenuos de mis ojos.
Y así entonces imagino sus planes, sus palabras,
sus emociones, sus sueños.
Y sin destino alguno, avanzo con mis ojos por sus cuerpos,
por sus ropas, sus cabellos y sus ojos.
Lo mismo hago con sus cosas, sus muebles,
sus cuadros, sus mesas y cortinas.
Imagino el olor de sus habitaciones
y hasta el deseo ajeno de querer escapar
de la ciudad.
Y tan pronto y accidentalmente como
tropecé con mi propia ventana,
así mismo recuerdo que tengo mi propia vida,
mis propios asuntos y mis deberes
y vuelvo a sentirme solo,
porque cuando los espío es como si los acompañara
y pudiera decirles que fueran más precavidos,
porque siempre hay alguien que puede estar observando.
La ciudad te obliga a que tu intimidad sea lo único y lo más valioso
que tienes. Si lo pierdes, así sea por un instante,
es como si perdieras un poco de tu alma, de tu espíritu,
de tu autenticidad.
Los límites de la ciudad no llegan hasta la frontera,
penetran todos los medios y ya ni la selva ni el campo
pueden permanecer puros.
Así fue como topé con un cementerio sagrado de los Muiscas.
Sus descendientes han preferido sentenciar a todo científico y
humanista que llega con el ánimo de saber, de conocer y de
divulgar todo lo que allí se encuentra: una cultura enterrada
que prefiere permanecer enterrada, como el gran ciclo de un suicidio colectivo sin fin.
Como la publicidad de la moda urbana que penetra los campos y veredas
y que hace creer a sus habitantes que las formas y maneras de
tales modelos son las únicas que deben ser apropiadas,
que para ir a la ciudad se deben tomar tales maneras.
Los medios son tan frágiles como las hiedras venenosas,
como los cantos de las sirenas
o
el reflejo de la medusa.
La ciudad te obliga a que tu ser interior sea lo más valioso que tengas.
Porque todo lo exterior está contaminado, todo lo visible es susceptible de sospecha
y solo con el corazón puedes ver con transparencia.

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